Sunday, July 10, 2005

Naranja

El naranja me gusta. La naranja me gusta aún más: el color despierta mis sentidos y me invita a reaccionar. Su calidez, sin la agresividad del rojo, resulta acogedora. Desde sus tonos más oscuros a la fuerza de su máximo grado de brillantez combina bien con mi forma de ser. Cálido y sonoro. Naranja. Sin duda el tono de su vitalidad refuerza el sabor de la fruta de su mismo nombre. Quién sabe si el fue primero el nombre del color o el de la fruta. Frente a una naranja uno no puede quedar impasible. Tiende a cogerla, su forma oronda que encaja perfectamente en la mano entreabierta, la textura de su piel, su olor excitan también nuestros sentidos. Pero su sabor, con su abanico de posibilidades desde la acidez a la dulzura, dependiendo de su origen y el grado de su madurez, es inconfundible. Ya sea en fruto, en zumo, en compota o mermelada, cualquier formato es agradable. Por último, merece destacarse su capacidad de combinar. Con licores como el vodka o con comidas como el pato realza su sabor y el de quien la acompaña.

Tal vez, si en el paraiso hubieran existido solo naranjos el pecado original fuera distinto. Los naranjos pueblan la literatura, los patios más tranquilos y reflexivos y las huertas más ricas. El naranja provoca, sugiere, obliga. Lo usan los políticos para mostrar el cambio como en Ucrania, en el fútbol es sinónimo de la inolvidable maravilla holandesa, mecánica fue la naranja de Kubrick. Cuántas naranjas y naranjos estarán por venir, por seducirnos, por acompañarnos sonoros o en silencio en este mundo a veces tan gris. Permanezcamos alerta.

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